Andrei caminó lentamente hacia el Olympian, las manos en los bolsillos de la casaca y la mirada fija en el camino frente a él. Habían pasado ya casi dos horas y Alice debía estar por terminar su turno. ¿Cómo se vería sin uniforme? Seguramente se veía igual, solo un poco más relajada. Posiblemente estuviese usando un abrigo, o al menos una casaca, el invierno marciano era más bien frío y la mayoría de mujeres había estado usando abrigos últimamente. Se detuvo un momento para observar el cielo. Había dejado de llover en algún momento de la mañana mientras él estaba en el café, y ahora el Sol empezaba a brillar en el invernal cielo marciano, aunque aún había gruesas nubes en el cielo. Llevaba un pequeño paraguas retráctil en uno de los bolsillos de la casaca de cuero sintético, eso debería ser suficiente en caso de que volviera a llover. Claro que sería mejor si ella llevaba su propio paraguas, y mejor aún si no llovía, pero le reconfortaba el saber que estaba preparado para el peor de los casos. Siguió caminando en silencio. Cientos de personas caminaban por las calles, al igual que todos los domingos. Siempre había una buena cantidad de personas caminando, pues aunque era mayormente una zona residencial, la presencia de varios restaurantes y la cercanía del parque la convertían en un lugar bastante popular para pasar las tardes de domingo. Se detuvo al borde de la vereda. Al otro lado de la calle, Alice estaba de pie con las manos metidas en los bolsillos de la casaca negra, esperándolo con una sonrisa.
miércoles, 5 de agosto de 2009
lunes, 3 de agosto de 2009
#137 - Sombras de un Cielo Absurdo: 16.
Se puso una casa negra sobre la camiseta naranja y se miró nuevamente al espejo. Se sintió bonita, y eso le resultó extraño. Leandra siempre le decía que lo era, pero Alice siempre pensó que había otras mujeres mucho más bonitas, y nunca se había sentido más bonita que otras. Bueno, tal vez más bonita que esa muchacha insufrible que siempre le ganaba el último pastel de chocolate de la cafetería de la escuela. Definitivamente más bonita que ella, pensó casi sin darse cuenta mientras cerraba la puerta de su casillero. Se despidió de las otras dos meseras, de los dos cocineros y de la ginoide de limpieza, aunque sabía que todos estaban tan ocupados que no le harían mayor caso. Siempre había más actividad los domingos al mediodía, y esa era una de las razones por las que prefería trabajar el primer turno. Levantarse temprano para pasar la mañana llevando las bandejas del desayuno y luego tener toda la tarde libre y poder dormir un par de horas más en la noche, era mejor que pasar la tarde del domingo corriendo de un lado a otro con bandejas llenas con los pesados platos del almuerzo. Ahora podía aprovechar esa tarde libre para encontrarse con Andrei. Parecía una buena persona, y fue amable con ella, pero realmente no sabía nada de él. Al menos no podía ser peor que aquel piloto con el que Leandra había querido emparejarla hacía un par de meses. Tan distraída estaba en sus pensamientos que no se dio cuenta que la ginoide se había despedido de ella.
sábado, 1 de agosto de 2009
#136 - Sombras de un Cielo Absurdo: 15.
El primer trabajo que Alice encontró en Marte fue de mesera en el Olympian, y no había cambiado de trabajo desde entonces. No tenía una vida social muy activa, lo cual era considerado paradójico por su amiga Leandra, pues había al menos un centenar de hombres que habrían estado dispuestos a llevarla a donde quisiera. Pero eso no era lo que quería. Su vida era más bien rutinaria. Al trabajo todas las mañanas, luego al gimnasio del edificio y después a su departamento/taller a pintar. Algunas veces alguna de sus amigas, sobre todo Leandra, aparecían de pronto en su puerta, o en la puerta del café, para llevarla a alguna fiesta o al parque, para ver si alguien la secuestra, como decía Leandra entre risas. Su vida rutinaria le había permitido ahorrar una buena cantidad de dinero, que principalmente había sido invertido en mejorar su propio departamento y adecuarlo para que fuese también su taller de pintura. Sin embargo, algunas veces (sobre todo en los días fríos de invierno) se preguntaba si no estaría dejando de lado su propia vida sólo para jugar a ser una artista. La respuesta siempre era la misma. Esta era su vida. Esto era realmente lo que quería hacer. La Tierra podía quedar para después, porque a fin de cuentas no era como si el planeta fuera a irse a otra parte. No tenía mayores preocupaciones y se sentía complacida. La única cosa que la preocupaba era ese sangrado nasal que había tenido cada mañana durante los últimos siete días.
viernes, 31 de julio de 2009
#135 - Sombras de un Cielo Absurdo: 14.
Alice se quitó el pequeño delantal amarillo y lo dejó en la canastilla junto con la blusa y minifalda azul marino de su uniforme. Más tarde, cuando la canastilla estuviera llena de uniformes y delantales sucios, la ginoide de limpieza se encargaría de llevarla a la lavandería, donde una enorme lavadora industrial se encargaría de clasificarla, lavarla, secarla, plancharla y devolverla en la misma canastilla, ahora ya desinfectada. Cada uniforme regresaba junto con el delantal en una bolsa sellada que luego era colocada sobre el casillero de cada una de las meseras, de modo que tuvieran un uniforme limpio al iniciar su turno. Era algo tan rutinario que ninguna de ellas le prestaba la menor atención. Alice se puso una camiseta naranja y se miró al espejo. Se había soltado el cabello, y sus rizos se balancearon alegremente alrededor de su rostro mientras ella se terminaba de acomodar el pantalón. Era la misma camiseta que había tenido puesta el día que llegó a Marte hacía ya tres años. Había entrado a la escuela de arte en Io poco después de terminar la secundaria, y las clases de historia habían despertado su curiosidad por la Tierra. Sus ahorros, sin embargo, no habían sido suficientes para conseguir pasaje hasta el lejano planeta capital, así que decidió establecerse en Marte para poder juntar algo de dinero y poder visitar la Tierra. Pero algo en la vida marciana había logrado anclarla al planeta rojo. Tenía la sensación de que debía quedarse en Marte a la espera de algo, aunque no estaba segura qué.
martes, 14 de julio de 2009
#131 - Sombras de un Cielo Absurdo: 13.
Los robots humanoides habían existido desde mucho antes de que la humanidad empezara a colonizar la Luna, casi siempre en fábricas, hospitales y puertos, y siempre con diseños que los diferenciaban claramente de los humanos. Casi al mismo tiempo, la humanidad había empezado a experimentar con implantes para aumentar sus propias capacidades, y no tardaron en ganar popularidad, sobre todo los de comunicaciones y los de memoria. Para la época en que la humanidad empezaba a colonizar Marte, casi todo la población humana tenía alguna clase de implante en el cuerpo. Esto ayudó a que la humanidad finalmente lograra superar el valle inquietante y los robots humanoides fueran cada vez más parecidos a los humanos, hasta ser finalmente considerados androides cuando los fabricantes empezaron a recubrirlos con material sintético que les daba una textura similar a la piel humana. Las primeras ginoides fueron comercializadas como costosos juguetes sexuales. Cuando la humanidad empezaba a colonizar la superficie marciana, las ginoides empezaban a ser empleadas en las mismas posiciones que los androides, sobre todo en los hospitales, en donde la totalidad de androides fueron reemplazados por sus pares de aspecto femenino, porque al parecer la humanidad aún se sentía más cómoda siendo atendida por enfermeras, fuesen humanas o robots. Las ginoides de servicio doméstico generalmente usaban uniformes de mucama, lo cual, en la opinión de Andrei, era como tener muñecas de porcelana limpiando la casa. A muchos les agradaba la idea, pero Andrei prefería mantener cierta distancia con las ginoides siempre que fuera posible.
lunes, 13 de julio de 2009
#130 - Sombras de un Cielo Absurdo: 12.
Algunas veces le parecía que no era sólo la tecnología del puente la que era anticuada, sino que casi toda la tecnología empleada por el gobierno marciano estaba desfasada. Su hermana le había dicho que era parte del encanto de Marte, que le daba un cierto aire tradicional. Claro que ella no tenía que hacer la misma rutina de mantenimiento cada semana en todas y cada una de las terminales de la oficina central. Sin embargo, algunas cosas eran bastante nuevas, como las esferas que se encargaban de la limpieza en su departamento, y las ginoides que de pronto parecieron invadir su tranquila caminata por el parque en busca de un buen lugar al cual llevar a Alice una hora más tarde. Era como si de pronto alguien hubiese reemplazado a todas las mujeres a su alrededor y hubiese puesto en su lugar estas perfectas muñecas de porcelana de tamaño humano. Un grupo de ellas jugaban a la pelota con un grupo de niños. Otras parecían conversar mientras empujaban los cochecitos por el parque. La conversación de las ginoides era una de las pocas cosas que lograba captar la atención de Andrei en lo que se refería a estos robots humanoides de aspecto femenino. Para cualquiera que las escuchase casualmente, eran conversaciones triviales sobre el clima, recetas de cocina o la forma correcta de presentarse ante un invitado. De esta forma las ginoides intercambiaban información acerca de su funcionamiento, reportaban problemas, coordinaban labores grupales y algunas veces también intercambiaban recetas aprendidas con sus propietarios.
domingo, 12 de julio de 2009
#129 - Sombras de un Cielo Absurdo: 11.
La mayor parte de la población humana del sistema solar no se preocupaba demasiado por la forma en que funcionaba el agujero de gusano entre Marte y Júpiter. Muy pocos se preocupaban por la tecnología que permitía que cientos de naves lo cruzaran diariamente sin riesgo alguno. Los pocos que se preocupaban eran los científicos que habían descubierto la forma de estabilizarlo, las corporaciones de diversos rubros que le sacaban provecho cada día, y los técnicos que debían mantenerlo operativo. Una verdadera legión de robots se encargaba de la mayor parte del mantenimiento del puente (como era conocido popularmente) y una legión de humanos se encargaba de una buena parte del mantenimiento de los robots, pues muchos eran modelos que ya habían sido descontinuados. La tecnología utilizada para el funcionamiento mismo del puente tenía alrededor de cien años y resultaba más bien anticuada, pero reemplazarla significaba interrumpir las operaciones comerciales que requerían el uso continuo del puente, lo cual a su vez significaba pérdidas para las corporaciones que pagaban los impuestos que cubrían el mantenimiento del puente, y las autoridades no podían permitir eso. Afortunadamente, esto daba trabajo a miles de técnicos humanos que de otra forma podrían tener dificultades para conseguir empleo, y una política de reducción del desempleo siempre era bien vista por la población. Era justamente ese trabajo de mantenimiento el que había traído a Andrei a la superficie marciana hacía ya casi seis meses. Después de todo, alguien debía hacerse cargo del mantenimiento de las viejas computadoras de la administración de tránsito.
sábado, 11 de julio de 2009
#128 - Sombras de un Cielo Absurdo: 10.
Poco más de doscientos años atrás, cuando los humanos apenas empezaban a colonizar la Luna, Marte era poco más que un interminable desierto rojo con vestigios de agua bajo la superficie. Los humanos habían empezado a colonizar las profundidades del mar de la Tierra, no sólo para explotar los recursos de las profundidades, sino para probar materiales, métodos y estrategias que pudieran funcionar en el espacio. Entonces alguien descubrió la forma de crear una atmósfera artificial en la Luna, y la humanidad no tardó mucho en aplicar en los cráteres las técnicas de terraformación que habían sido usadas en los desiertos de la Tierra. Esto permitió que las ciudades lunares abrieran sus domos, y se expandieran hasta cubrir toda la superficie lunar. Las primeras colonias orbitales en Marte empezaban a evaluar la posibilidad de terraformar el desierto rojo para establecer colonias permanentes en la superficie que luego servirían como punto de partida a las misiones que finalmente permitirían explorar el cinturón de asteroides. Poco después una sonda descubrió accidentalmente un agujero de gusano en órbita estacionaria alrededor de Marte. La sonda apareció en la órbita de Júpiter pocos segundos después. Los depósitos de mineral en Io y Europa, y la posibilidad de evitar el cinturón de asteroides, atrajeron a las grandes corporaciones mineras, y las fuertes inversiones ayudaron a encontrar la forma de convertir el agujero de gusano en un método estable y seguro para transportar minerales, equipo y trabajadores. Así, en poco más de doscientos años, la humanidad se expandió por casi todos los lugares medianamente habitables del sistema solar.
viernes, 3 de julio de 2009
#126 - Sombras de un Cielo Absurdo: 09.
Alice se alejó con una sonrisa en el rostro y el cabello rizado nuevamente sujeto en un moño. Andrei sacó del bolsillo una tarjeta de plástico verde y presionó un extremo con su pulgar. Una serie de números holográficos flotaron sobre la superficie de plástico verde. Sonrió. El mismo trabajo, la misma paga, menor costo de vida. Presionó el otro extremo y el holograma desapareció. Salió del café en silencio, no sin antes saludar con la mano a Alice que ahora estaba recogiendo una fuente con varios platos. Ella le respondió con una sonrisa, y por primera vez en mucho tiempo se sintió afortunado. Hacía semanas que no salía a pasear los domingos. Su vida se había convertido en una rutina constante e invariable de trabajar de lunes a viernes, dormir la mayor parte del sábado y pasar el resto del fin de semana encerrado en su departamento, salvo por el desayuno de café y tortilla de queso y champignones de cada domingo, pero incluso eso era rutinario. Salir el domingo por la mañana a desayunar luego se convertía en una visita a las tiendas de robots y equipo electrónico, porque nunca se sabía qué cosas realmente útiles se podían encontrar. También cumplía el propósito práctico de darle espacio a los robots esféricos de limpieza para que pudieran hacer su trabajo. Si bien se entretenía bastante viendo las exhibiciones de androides y ginoides, todo no dejaba de ser parte de la rutina. Pero este domingo ya estaba siendo distinto, y eso se sentía bien.
jueves, 2 de julio de 2009
#125 - Sombras de un Cielo Absurdo: 08.
-Es algo que no entiendo. -La voz de Alice ya no sonaba seria sino más bien divertida. -Cuando te fijaste en mi broche pensé que... no sé, que sería lindo hablar contigo.
Andrei se sonrojó un poco e intentó torpemente actuar con naturalidad. Su mano tropezó con la taza de café, casi derribándola. Sintió que si decía algo empezaría a tartamudear y terminaría por convertir la conversación en algo vergonzoso. El silencio empezó a volverse incómodo pocos segundos después, apenas interrumpido por el casi imperceptible zumbido de un viejo robot de limpieza en forma de disco. Alice se puso de pie de pronto, alisó su delantal amarillo con las manos y empezó a dar la vuelta para volver a trabajar. Andrei sintió que había hecho algo mal, que había dicho algo que no debía, aunque estaba seguro de no haber dicho nada por al menos un par de minutos. Debía hacer algo más, decir algo más.
-Alice... -Ella se detuvo y volteó a verlo, los rizos castaños enmarcando su rostro. Algo dentro de sí le dijo que no se detuviera, que aún podía decir algo más y que eso podría evitar que todo terminase allí. -Fue lindo hablar contigo.
-Sí... -Le pareció que Alice estaba pensando bien en qué decir a continuación. Tal vez no fuese él el único que no supiese qué hacer en este momento. Quizás ella estuviese tan asustada como él. Alice se acomodó el cabello mientras hablaba. -Bueno... mi turno termina en dos horas y... no sé sí podrías...
-Estaré aquí en dos horas.
miércoles, 1 de julio de 2009
#124 - Sombras de un Cielo Absurdo: 07.
Ella estaba sentada con las manos sobre su regazo, bajo el nivel de la mesa, y Andrei empezaba a imaginarla entrelazando los dedos, a medio camino entre nerviosa e incómoda por el silencio. Quería preguntarle acerca de Júpiter, de su vida, pero al mismo tiempo no quería hacer muchas preguntas. Bebió un sorbo de café sin saber muy bien qué decir ni qué hacer. Las palabras salieron sin que se diera cuenta.
-Así que eres de Júpiter.
Alice asintió con la cabeza y sus rizos parecieron dar un salto.
-De Io, pero hace años que no voy. -Alice dejó de sonreír, y Andrei pensó ver un cierto aire melancólico en aquellos hermosos ojos. Tal vez haya dejado a su familia por allá, o quizás un novio, pensó. Empezó a sentirse algo incómodo con la situación. Nunca había sido de los que entablan largas conversaciones con personas desconocidas, a menos que hubiera un punto de interés común. Aún no había descubierto nada en común con Alice, salvo el hecho de que ninguno había nacido en Marte y que ambos estaba sentados a la misma mesa.
-Alice, la verdad es que no sé qué hago aquí contigo. Es decir, no sé...
-No sabes por qué te estoy hablando. -La voz de Alice sonó un poco más seria que antes. Pensó que había dicho algo que no debía, que ella se levantaría y todo terminaría allí y nunca volvería a hablarle. La amplia sonrisa que iluminó el rostro de Alice le dijo que se estaba preocupando demasiado.
martes, 30 de junio de 2009
#123 - Sombras de un Cielo Absurdo: 06.
Alice se había soltado el moño, posiblemente cansada de tener el pelo atado toda la mañana, y Andrei pudo ver que era era una cabellera rizada, larga hasta los hombros y que se balanceaba graciosamente cuando caminaba. Era un marco encantador para ese rostro de piel canela y enormes ojos azul cielo. Se preguntó si todas las mujeres de Júpiter (o al menos de alguna de sus lunas) serían así de bonitas, o si sería que su ascendencia era una extraña mezcla de factores unidos por una serie de coincidencias que habían determinado que ella se viese exactamente así y estuviese de pie al lado de la mesa. Estaba peligrosamente consciente de sí mismo, y eso lo ponía aún más nervioso. Le pareció que debió haberse afeitado antes de salir, que debió haberse puesto una camisa en lugar de la camiseta gris, que su casaca ya estaba demasiado gastada, que estaba pasando demasiado tiempo sentado frente a ella sin decir nada. Le sonrió. Ella respondió con una de esas amplias sonrisas que antes habían parecido darle la bienvenida y ahora se veían como una invitación a iniciar una conversación. Sin saber muy bien qué hacer, Andrei repitió el gesto de antes con la mano, invitándola a sentarse frente a él al otro lado de la mesa. La siguió con la mirada. Se sentía fascinado por la gracia de sus movimientos y el acompasado rebotar de los rizos castaños. Se sentía cada vez más y más perdido, como si algo le impidiese pensar en algo que no fuesen los movimientos de la chica de Júpiter.
sábado, 27 de junio de 2009
#122 - Sombras de un Cielo Absurdo: 05.
-Deberías haberte quedado en casa.
Alice inclinó la cabeza ligeramente hacia un lado, un gesto que había tenido desde que era una niña.
-Debería. Pero la paso mejor aquí. Además en casa no... -Se detuvo de pronto. Enderezó la cabeza y lo miró a los ojos. -No sé cómo te llamas.
De pronto se sintió avergonzado. Trató de forzar una sonrisa casual y no tartamudear.
-Andrei.
-Encantada de conocerte. Tengo un descanso en cinco minutos ¿te molestaría si... ?
No supo qué responder. Hizo un gesto con la mano, invitándola a sentarse. Ella volvió a sonreír y se alejó en dirección a la cocina. Andrei fijó la vista en los champígnones de la tortilla. Bebió un sorbo de café para estar seguro de estar despierto. ¿Sería posible que las cosas fueran tan sencillas? Tal vez debió haberle hablado antes. Si lo hubiera hecho podría haberle traído algo por su cumpleaños. Ella mencionó su descanso. Si estaba tomando un descanso a esta hora, entonces era probable que su turno terminara temprano y tuviera la tarde libre y tal vez podría salir a dar un paseo o a comer algo. Comer. La tortilla. Devoró la tortilla en poco más de dos minutos, para evitar cualquier situación embarazosa que pudiera presentarse si comía delante de ella. Se preguntó su habría alguna razón para que ella viniera a su mesa. No era particularmente atractivo y hablaba poco, aunque le gustaba mantener conversaciones largas con algunas personas que dejó atrás en la Tierra. La vio aparecer nuevamente, ahora sin mandil.
viernes, 26 de junio de 2009
#121 - Sombres de un Cielo Absurdo: 04.
Pidió café y tortilla de champignones como cada domingo por la mañana desde que había llegado a Marte hacía ya casi seis meses. La vio alejarse y luego volver un par de minutos después con una jarra de café caliente en la mano izquierda y en la mano derecha el plato con la tortilla recién hecha. Notó que la pequeña placa con su nombre decía Alice. También notó que en la solapa de la blusa llevaba un pequeño broche amarillo con una carita sonriente. No había visto uno de esos broches desde que salió de la Tierra. Se dio cuenta de que ella podía pensar que le estaba viendo el busto. Decidió que era hora de hacer algo más, decir algo más, cualquier cosa.
-Lindo broche.
Ella sonrió y sus enormes ojos azules parecieron iluminarse. ¿Sería acaso que nadie más había notado el broche?
-Gracias, me lo regalaron hoy.
Su cerebro empezó a procesar las palabras. Realmente no había esperado respuesta alguna, menos aún algo que podría ser el inicio de una conversación con la chica de Júpiter. Tal vez era momento de sonreír y tratar de hacer que las cosas fluyeran por sí mismas.
-¿Alguna razón en especial?
-Es mi cumpleaños.
Alto ahí. El día empezaba a tomar un rumbo inesperado. ¿Qué debía decir? No había tenido una conversación trivial con una mujer en más de seis meses. Demonios, no había tenido una conversación trivial con nadie en más de seis meses. Debía buscar una respuesta, y rápido. Le pareció estúpido que fuera algo tan obvio.
-Feliz cumpleaños, Alice.
jueves, 25 de junio de 2009
#120 - Sombras de un Cielo Absurdo: 03.
Se puso la casaca de cuero artificial y presionó algunos botones en la terminal al lado derecho de la puerta. Tres pequeñas esferas de acero pulido, no más grandes que una bola de billar, salieron de algún rincón del departamento y empezaron a flotar por la sala, decidiendo la mejor forma de cumplir con la lista de tareas de la limpieza de fin de semana. Muchos preferían a las ginoides para el servicio doméstico, pero a él siempre le había parecido un desperdicio. Los robots esféricos podían llegar a todos los rincones del departamento sin tener que cambiar de lugar los muebles, y varios de ellos podían trabajar juntos por menos de la mitad de lo que costaba una ginoide. Sonrió. Demasiadas reflexiones para una mañana de domingo. Salió del departamento y tomó el elevador. Las calles estaban abarrotadas, igual que todos los domingos por la mañana. Caminó los dos bloques que lo separaban del café, y le pareció extraño que recién hubiese notado a la chica de Júpiter hacía tres semanas. Sería acaso que no había prestado la suficiente atención. De pronto se dio cuenta de que ya estaba sentado en una de las mesas al lado de la ventana. Por alguna razón el lugar estaba casi desierto. Y allí estaba ella, caminando entre las mesas con su uniforme de blusa y minifalda azul marino, el pequeño mandil amarillo, el cabello castaño oscuro atado en un moño, los enormes ojos azul cielo y la sonrisa que le daba la bienvenida una vez más.
miércoles, 24 de junio de 2009
#119 - Sombras de un Cielo Absurdo: 02
No tenía ganas de abrir los ojos. Sintió las motas de algodón en sus manos y se las llevó mecánicamente a la nariz sin prestar mayor atención a los pequeños robots que cambiaban el filtro de la ventilación igual que todos los meses. Abrió los ojos y vio su rostro reflejado en el enorme espejo sobre el lavabo. El baño era pequeño pero cómodo y tenía una cierta elegancia, igual que el resto del departamento y el resto de la ciudad en general. Esa era una de las razones por las que había decidido probar suerte lejos de la Tierra. Aquí su dinero valía más. El mismo trabajo, la misma paga, menor costo de vida. Pensó que su abuelo debió haber hecho esos mismos cálculos hacía más de doscientos años, cuando la humanidad apenas empezaba a establecer colonias permanentes en la Luna. Decidió que, siendo domingo, podía darse una larga ducha con agua caliente antes de salir a desayunar. Sintió de pronto el familiar y agradable aroma del café fresco que entraba por el filtro que los pequeños robots habían terminado de instalar. Lentamente salió del baño y se vistió mientras pensaba en la sonrisa de la linda muchacha de Júpiter (o al menos de alguna de las lunas de Júpiter) que atendía las mesas los domingos por la mañana y que parecía estarlo esperando cada vez que entraba al lugar en busca de un café y una tortilla de queso y hongos. Quizás está vez finalmente tendría el valor de invitarla a salir.
#118 - Sombras de un Cielo Absurdo: 01.
Tuvo la extraña sensación de que era lunes, aunque algo dentro de sí le dijo que en realidad era domingo y no había razón para salir de la cama tan temprano. Por séptimo día consecutivo despertó con el olor de su propia sangre llenando sus fosas nasales. Rodó hasta el borde de la cama y dejó caer sus piernas con desgano antes de siquiera abrir los ojos. Después de todo no sentía la necesidad de abrirlos. Todo iba a ser exactamente igual, todas las cosas en el mismo lugar. Las gotas de lluvia en la ventana, las nubes gris oscuro flotando a la distancia en el cielo marciano, el mismo escritorio de aluminio y madera sintética, el mismo piso frío bajo sus pies, las gotas de sangre cayendo por su nariz antes de que pudiera llegar al baño y el dispensador le diera las motas de algodón que necesitaba. El médico del edificio había dicho que su nariz sangrante se debía a la humedad del ambiente, pero él estaba seguro de que debía haber otra razón. Había pasado un par de años en una de las ciudades submarinas de la Tierra antes de venir a probar suerte en las arenas rojas de Marte, y, al menos para él, eso descartaba la posibilidad de que el húmedo clima artificial del invierno marciano le estuviese haciendo sangrar la nariz cada mañana. El viejo androide médico debía estar empezando a fallar. La blanca luz del baño se encendió automáticamente cuando el sensor del piso registró su presencia. Aún no abría los ojos.