Papá, mamá y yo fuimos a la misma playa durante años en ese auto enorme que podía llevar a casi toda la familia, siempre deteniéndonos en el camino de ida para comprar fruta, y en el camino de regreso para comer algo en un par de restaurantes que aún siguien ahí después de todo este tiempo. Siempre era complicado encontrar un lugar para estacionar aquella mole, pero tarde o temprano terminábamos por encontrar un lugar.
Me detuve un momento a contemplar ese auto cuya única diferencia con el de mis recuerdos era el color, pues el de papá era azul marino y este era verde azulado. Las proporciones eran algo distintas a lo que recordaba de mi infancia, pero el auto seguía siendo enorme, lo suficientemente grande para que la familia quepa sin problemas, sobre todo ahora que la familia inmediata somos sólo papá, mamá, uno de mis hermanos y yo. Papá dejó de manejar ese auto hace alrededor de diez años, y la última vez que subimos en aquella enorme nave fue hace más de cinco años y era un amigo de la familia quien lo manejaba, pero el auto aún está ahí, en la cochera, recibiendo visitas periódicas de Don Carlos para revisar que siga listo para ser manejado en cualqiuer momento en que yo finalmente aprenda a manejar. Creo que aunque aprenda a manejar no conduciría ese auto, pues en mi mente será siempre el auto de papá. Pocas cosas sobreviven el paso del tiempo como los recuerdos de infancia.


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